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Una cuenta pesada: en dos años, la energía importada creció 161%
05/08/2008

A veces, las palabras de los funcionarios, como las de cualquiera, tienen implícitos que sus autores habrían preferido evitar. Un caso a cuento, sólo explicable en el afán por moderar el costo político, fue como Julio De Vido y su ministerio justificaron el aumento de las tarifas eléctricas.

De Vido sostuvo que al aplicarse sobre los consumos medios y altos y dejar afuera a los más bajos, el ajuste mejora la redistribución del ingreso. Si así fuese, la explicación que falta es por qué no se lo dispuso antes: el ministro de Planificación y el kirchnerismo llevan cinco años largos en el Gobierno.

Dijo, también, que se busca un uso más racional de la energía eléctrica. Efectivamente, la medida puede desalentar los grandes consumos e incluso el derroche de un insumo escaso. De nuevo: si ese es el efecto que se pretende, tampoco se entiende por qué demoraron tanto.

Más de lo mismo es que el Estado se ahorrará 300 millones de pesos anuales en subsidios. Los subsidios y otros gastos para sostener la estructura energética ya son una pesadísima carga fiscal y en la factura completa el ahorro de ahora suena a muy magro.

También es parte de lo mismo la cuenta sobre cuánto salen 650 kilovatios bimensuales en la Capital Federal y el Conurbano y cuánto en otros lugares del país. Según los ejemplos oficiales: $ 59 aquí contra $ 110 en Mendoza; 142 en La Pampa; 159 en Córdoba y 174 en Santa Fe.

Y como en esas diferencias pesan los subsidios del Estado Nacional, la conclusión implícita es que el Gobierno ha favorecido -y favorece aún- a porteños y bonaerenses. Lo mismo ocurre con el costo del gas y el transporte público, aunque la brecha podría estrecharse pronto, si, tal cual parece, también se vienen aumentos para estos servicios.

Valen, en cualquier caso, las aspiraciones de De Vido: el ajuste tarifario puede aliviar algo la carga fiscal, inducir al ahorro y mejorar la ecuación financiera de las empresas. Pero por sí solo parece del todo insuficiente, vistos los disloques amontonados en el sistema energético. Por lo que se hizo y dejó de hacer.

Entre los primeros semestres de 2006 y 2008, la importación de gasoil, fuel, gas y electricidad aumentó 161%: saltó de 805 millones de dólares a 2.102 millones. Es la costosa herramienta que el Gobierno debe emplear ante la escasez: notoriamente, allí hay combustibles para hacer funcionar las centrales térmicas. Como suele decir un especialista, así se transformó en un recurso habitual lo que al principio era un complemento.

En el mismo período, las exportaciones -petróleo, naftas y carburantes- crecieron 0%.

El resultado es que se achicó drásticamente el superávit del balance comercial energético: 43%, según datos del INDEC. En el primer semestre de 2006 había arrojado US$ 3.026 millones contra US$ 1.735 millones de 2008. A este ritmo, puede ir camino a desaparecer.

Hasta hace bien poco, la cuenta energética era pieza clave en el superávit comercial global. El riesgo, ahora, es que se convierta en un contrapeso. Nuevamente, números: en 2006, el superávit energético ascendió a US$ 6.030 millones y representó el 49% del saldo total; en 2007, bajó US$ 4.016 millones y su peso descendió al 36%. Está claro que este año se profundizará el retroceso.

Las explicaciones son al fin sencillas. La producción y las reservas de petróleo caen sin pausa desde 1998; la producción de gas está estancada desde 2000, pero han retrocedido fuerte las reservas. Todo, porque se ha invertido poco y nada en exploración y, en vez de eso, se exprimen los pozos que ya existían.

Con una economía en fuerte crecimiento, el cuello de botella era totalmente predecible. Ahora hay que traer de afuera lo que aquí falta, en volumen y a costos cada vez más considerables, corriendo el serio riesgo de que el país se vuelva claramente dependiente de la energía importada. Y es obvio que la ausencia de exploración compromete más el abastecimiento futuro.

Para resaltar lo poco que la electricidad todavía le cuesta a porteños y bonaerenses, Planificación también informó cuánto salen los mismos 650 kilovatios en Asunción del Paraguay, Montevideo, Santiago de Chile y Río de Janeiro. Obviamente, mucho más caros.

Es llamativo que gobiernos progresistas como los de Tabaré Vázquez, Michelle Bachellet y Lula da Silva acepten que sus poblaciones paguen más cara la luz. Una explicación: el subsidio directo y concentrado en los sectores de bajos recursos.

Y es igualmente raro que con lo que aquí cuesta sostener el sistema energético, todavía no haya un plan de ahorro más elaborado y profundo, como los que existen en tantísimos lugares del mundo. Se sabe que el petróleo y el gas son escasos y caros. También que, al fin, hay decisiones inevitables. Que resultan más costosas cuanto más se demoran. O que será menos sencillo enmascararlas con explicaciones.


 

Fuente: Clarín

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