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Biocombustible: las empresas que ganan con la fiebre exportadora
01/07/2008
La buena estrella para el negocio de los biocombustibles brilla más que nunca. En el primer cuatrimestre del año, la Argentina exportó 176.000 toneladas de biodiésel –un derivado del aceite de soja– por valor de US$ 191 millones. En cantidad, la cifra es un 7,7% mayor que lo exportado en todo 2007, según indica un estudio de IES (Investigaciones Económicas Sectoriales), pero en dinero el incremento representó el 18,2%.

El despegue del negocio de producir sustitutos energéticos de origen vegetal se da en medio de la pulseada entre el Gobierno y el campo por las retenciones móviles. Precisamente, el tema de las retenciones explica en gran parte el ascenso exportador del biodiésel, porque vender al exterior ese producto –tan codiciado en los EE.UU. y Europa– tributa en concepto de retenciones sólo el 20% (un porcentaje fijo). Esto es menos de la mitad de lo que paga el aceite de soja, el insumo básico para obtener biocarburante.

Así, con la normativa actual y sus vericuetos, el biodiésel es una verdadera autopista para gambetear en parte el pago de retenciones. Una tonelada de aceite de soja y una de biodiésel cuestan casi lo mismo: alrededor de US$ 1.300. La diferencia es el porcentaje de las retenciones. El aceite de soja le deja al Estado (desde que se implementó el nuevo régimen de retenciones) cuatro puntos menos que la soja, es decir, alrededor del 42%.

Por eso, el biodiésel hoy es un imán, en especial para las aceiteras, que tienen a su favor una mejor disponibilidad de materias primas. Alejandro Ovando, un investigador del IES, pronostica que "en 2008, la producción total alcanzará las 600 mil toneladas, por un valor de US$ 598 millones". El crecimiento es notorio, si se toma en cuenta que en 2007 fueron 164 mil toneladas las que se vendieron, y que representaron US$ 135 millones.

En la actualidad, según datos de la Secretaría de Energía, hay nueve plantas habilitadas. De ese grupo pionero, se destacan Ecofuel (una sociedad entre Aceitera General Deheza y Bunge) y Renova (de Glencore y Vicentín), ambas con capacidad para producir 200.000 toneladas anuales.

Mayor producción

La capacidad instalada actual con habilitación del Gobierno es de 604.520 toneladas por año, según datos de la Asociación de Biocombustibles de la Argentina. Pero hay muchas otras en construcción, que entrarán a operar en los próximos meses, lo que podría elevar la cifra a más de 1,5 millones. Entre otras, en la lista aparecen Louis Dreyfus (300.000 toneladas anuales), Patagonia Bioenergía (250.000), Molinos y Explora (100.000 cada una).

Algunos proyectos ya son realidad. Hace un mes comenzó a operar en Santa Fe, la planta de Unitec Bio, del grupo Eurnekian, de 200.000 toneladas. Fernando Peláez, su director, interpreta que el negocio explotó no sólo en la Argentina, pero que se trata aún "de un negocio nuevo, cambiante, y en donde las legislaciones no son firmes".

El ejecutivo destaca que los factores que impulsan la demanda son básicamente dos: el alza del petróleo y la sanción de leyes que promueven el uso de los combustibles vegetales en Europa, pero sobre todo en los Estados Unidos, donde existen fuertes controversias en torno con la política de subsidios. Para ellos, dice Peláez, el combustible constituye un problema geopolítico".

El destino de las exportaciones de biocombustibles desde la Argentina, en este sentido, resulta más que llamativo. Este año, el 84,8% del total fue a parar a los EE.UU., porcentaje que contrasta con el 2,9% registrado en 2007.

Los analistas creen que los buenos tiempos para el sector llegaron para quedarse bastante tiempo, pero que habrá fuertes sacudones por la pulseada que se viene –y que ya impacta fuerte en el país– por el destino de la producción agrícola. ¿La mesa o el tanque del auto? es la pregunta que se hacen muchos. Algunos dicen que no se puede culpar a los biocombustibles por el aumento de los precios de los alimentos. (Un informe del Banco Mundial asegura que sufrieron un alza del 83% en los últimos tres años).

Suben, dicen algunos, por la mayor demanda proveniente de India y China, que sumaron 400 millones de nuevos consumidores al mercado global. Pero en los EE.UU., tras el impulso que la administración de George Bush les dio a los biocombustibles, impactó claramente en el precio del maíz, la materia prima del etanol, un reemplazo de la nafta. En México, donde el maíz integra la dieta básica, ya hablan de "etanoinflación". Los norteamericanos hablan de "agflación" (agro– inflación) cuando se refieren al encarecimiento de alimentos.

El mercado interno

En la Argentina hay discusiones sobre el tema. La semana pasada, el secretario de Agricultura, Javier de Urquiza, y el de Energía, Daniel Cameron, reclamaron un equilibrio entre comida y combustibles. Sobre los problemas energéticos, Cameron sostuvo que "a la suba del precio del pet r ó l e o se agrega e l cambio climático (inundaciones y sequías) y una distribución no homogénea de recursos".

Tal equilibrio parece difícil si se tiene en cuenta que la Argentina, en abril de 2006, sancionó una ley de fomento a la producción de biocombustibles, que contempla, entre otras cosas, una serie de beneficios fiscales para los productores durante 15 años. El Congreso deberá fijar el cupo fiscal, pero es el Gobierno el que decide a quiénes beneficia. El régimen, de todas formas, todavía no arrancó, pero la ley establece que a partir de 2010, será obligatorio mezclar la nafta con un 5% de etanol y el gasoil con un 5% de biodiésel. Para cumplir, entonces, harán falta unos 850 millones de litros.

¿La tierra alcanzará para todos? ¿Producir para el mercado interno será negocio? Las empresas del sector, y muchos analistas, creen que no habrá inconvenientes, pero se plantean algunas dudas. Peláez, de Unitec Bio, señala que para el mercado interno, "con los precios actuales del aceite, el negocio es inviable. Para que el biodiésel salga lo mismo que el gasoil, el petróleo tendría que estar a US$ 200".

Martín Fraguío, director de Maizar, una asociacion que agrupa a productores de maíz y sorgo, advierte que hay tierra para todo. El año pasado, en el país, se sembraron 32 millones de hectáreas. "Según el INTA, puntualiza Fraguío, existen 15 millones más con esa misma calidad de suelos". Y como prueba, aporta un dato: "En 1930 se sembraron 9 millones de hectáreas de maíz. Y este año serán sólo 4 millones. Hay muchas zonas que se dejaron de usar y que pueden recuperarse", concluyó.

 

 

 

Fuente: iEco – Clarín

 

 

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