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El corralito energético
04/06/2008

El nuevo inversor, el que descubre las potencialidades de la Argentina en un mundo de alimentos caros, está acorralado por la escasez y los precios de la nueva energía que tiene que conseguir. Si desiste de instalarse, el país pierde capital, empleo y nueva producción.

El visitante llega a Ezeiza porque ya ha decidido apostar por el futuro argentino. No conoce el país, pero su pujante emprendimiento en Asia lo llevó a valorar la bonanza agropecuaria argentina. Sabe que arriba a un país bendecido por una de las tierras más aptas del mundo y donde la tecnología de siembra directa, con la introducción de variedades transgénicas, generó una de las mayores productividades comparadas del mundo. Quiere agregar valor a la materia prima argentina pensando en el mercado mundial, a partir de la plataforma que ofrece el mercado regional. Por eso, hizo una escala en Brasil antes de llegar a la Argentina.

Cuando alquila un auto en el aeropuerto para desenvolverse con autonomía durante su breve estada, empiezan sus desventuras energéticas. Opta por un automóvil "gasolero" de la misma marca que el que le provee la empresa en su país de origen. En la agencia le recomiendan un "naftero" porque va a tener menos problemas para conseguir nafta que gasoil. Insiste y deja el aeropuerto conduciendo el "gasolero" que eligió, pero con el tanque a la mitad.

Previsor se detiene en la primera estación de servicio que encuentra. En un español castizo que practicó en España, pide que le llenen el tanque; el empleado, con una sonrisa, le aclara que tiene suerte porque recién llegó un camión a aprovisionar la estación. Hasta ese día había habido algún racionamiento (una carga por el valor de no más de $ 30 por cliente). No puede pagar con la tarjeta, pero ya había conseguido cambiar dólares por pesos en Ezeiza. Hombre de números, no puede resistirse a las comparaciones. En Brasil había pagado por el mismo litro de gasoil $3.50; aquí, $1.70.

Ya en el hotel, sus potenciales socios locales le aclaran que los combustibles argentinos están atados a un precio de barril de petróleo de 42 dólares, lejos del petróleo de más de 130 dólares que no cesaba de subir. Al principio, lo toma como una ventaja, hasta que cae en la cuenta de que su experiencia en el surtidor estaba asociada a la escasez del producto. Le explican que la refinación local ya había alcanzado su techo y había necesidad de importar gasoil a los precios de referencia internacional.

La escasez recrudece cuando hay siembra o cosecha y, ahora también, porque se utiliza gasoil para generar electricidad. Como los comercializadores no quieren importar perdiendo plata (traer un litro sin impuestos a $ 2.6 para venderlo en surtidor -una vez descontados los impuestos- a $1.10, no es negocio para nadie) falta producto y crece la especulación y el mercado informal. O se ajustan los precios internos o algún subsidio debe afrontar la diferencia. También acotan que el Estado ya está haciendo frente a un amplio abanico de subsidios energéticos.

Al día siguiente, el extranjero y sus socios locales visitan el lugar del posible emplazamiento de la futura planta. Le gusta la zona y valora el cómodo acceso a la infraestructura vial. Pregunta primero por la infraestructura portuaria (piensa en el mercado externo) e inmediatamente empieza a formular las preguntas de rigor sobre el suministro energético. El sitio está próximo a redes de interconexión del sistema eléctrico. Como se trata de un nuevo emprendimiento (no tenía antecedentes de consumo) tiene que negociar el suministro con un potencial proveedor de nueva energía. Tienen como alternativa generar su propia electricidad y vender excedentes al sistema. Decide, sin embargo, que una vez instalado podría analizar esa opción, pero que, en principio, no ha venido a la Argentina a producir energía.

Comentan al extranjero que, para los que están dentro del sistema, la electricidad consumida hasta los volúmenes de 2005 se paga a un precio más que razonable: unos 35 dólares promedio el MW/hora. El inversor, que por nuevo se asume sin antecedentes de consumo, se inquieta por la alternativa de conseguir un proveedor eléctrico confiable.

Los socios lo previenen de que el tema energético está complicado en el país. Aseguran haber hablado con potenciales oferentes de electricidad que fueron elusivos en negociar contratos de largo plazo y precios. Uno de los consultados se sincera y le dice que la nueva electricidad va a generarse con gasoil, y que el precio del MW/hora estaría en los 180 dólares. Allí recuerda su experiencia en el surtidor. Pero no entiende la relación de los 35 dólares promedio para los que están en el sistema, con estos 185 de los nuevos consumos. Le dicen que, para la "energía vieja", el precio toma como referencia la generación a gas natural a precios domésticos, aunque ya no haya suficiente gas para generar electricidad.

La diferencia entre el verdadero costo del combustible para producir los electrones y el precio del gas virtual de referencia también la subsidia el Estado. Peor aún, los promedios esconden diferencias significativas. El consumidor residencial paga sólo 10 dólares el MW/hora y es el segmento privilegiado de la energía vieja (aunque se beneficien más los ricos que los pobres).

Queriendo recobrar el optimismo que lo decidió por estos pagos pregunta por el gas natural que utilizará la futura planta. Le responden que tampoco hay contratos en firme ni seguridad de suministro. Recuerdan que cuando empezaron a analizar el proyecto, era un hecho que el país resolvería su déficit con gas de Bolivia. Ahora, el suministro boliviano tiene fecha incierta y su precio es más de 5 veces mayor que el promedio que se paga en las cuencas argentinas (7.8 dólares el MM/BTU contra 1.4 si se incluye el precio del gas residencial). La Argentina está importando este año gas por barco para atender el pico de demanda invernal, a 17 dólares la unidad técnica. El inversor les observa que ése es el precio marginal que refleja la escasez de gas. Los argentinos le contestan que, como nuevos consumidores del sistema, deberán arreglar un precio con los potenciales productores de gas nuevo, que es libre, pero no tanto y que será menor que el del gas natural líquido importado por barco. Como por el momento no habían encontrado interesados en proveerles gas nuevo, habían pensado en hacer funcionar la planta con fueloil, que también habría que costear a precios de importación (la oferta interna también es deficitaria), sin preocuparse demasiado por los controles ambientales.

Luego de un almuerzo fugaz y de largas horas de conversaciones, que no despejan sus dudas, el extranjero regresa a su hotel. Al día siguiente, sin sus interlocutores locales, quiere imponerse de la realidad energética argentina. Se entera de que una canasta energética hipotética (petróleo, gas y electricidad) que en la región cuesta en promedio 100 pesos, en la Argentina cuesta 31, pero que esa canasta ya no está disponible para los nuevos consumidores y se está volviendo insostenible para los "viejos". Los subsidios públicos crecen exponencialmente y erosionan la solidez fiscal. Los productores de energía, rehenes del capital hundido, desconfían de la convocatoria a producir energía nueva bajo otras reglas. Si hasta el régimen de estabilidad minera fue ultrajado. Por la tarde, en una única visita semioficial, algunos funcionarios tratan de alentarlo: el Estado va a sustituir con inversión pública toda la inversión privada que no se hace para que no falte energía.

El extranjero adelanta un día su regreso. Quiere volver a pasar por Brasil, país con menos ventajas comparadas en los negocios que proyecta, pero devenido en gran actor energético, según todos le comentan. Los interlocutores argentinos lo despiden en el hotel. Saben que perdieron un socio y que se frustró una nueva inversión.

El relato es ficticio, pero los argumentos y los números traducen la realidad.

 

 


Fuente: La Nación

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