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El retorno del Gran Juego en la lucha por los recursos
28/04/2008

La historia podrá no repetirse pero, como observó Mark Twain, a veces rima. Las crisis y los conflictos del pasado reaparecen, y su similitud puede advertirse a pesar de que las nuevas condiciones los modifican. En la actualidad tiene lugar una competencia por los recursos del mundo que recuerda el Gran Juego de las décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial.

Ahora como entonces, el trofeo más codiciado es el petróleo, y el riesgo es que, a medida que la competencia se hace más reñida, no siempre va a ser pacífica. Sin embargo, no se trata de una simple reedición de lo que pasó a fines del siglo XIX y principios del XX. Hoy hay actores nuevos poderosos y lo que está en juego no es sólo el petróleo.

Rudyard Kipling difundió la idea del Gran Juego en Kim, su novela de capa y espada de espionaje y geopolítica imperial en tiempos del Raj británico que se publicó en 1900-1901. En aquel momento los actores principales eran Gran Bretaña y Rusia, y el objeto del juego era el control del petróleo de Asia central.

Ahora Gran Bretaña casi no tiene importancia, e India y China, que eran países dominados durante la última ronda del juego, se convirtieron en grandes actores. La lucha ya no se concentra ante todo en el petróleo de Asia central. Se extiende desde el Golfo Pérsico a Asia, América latina y hasta los polos, y es también una lucha por agua y reservas de minerales vitales. Por sobre todas las cosas, el calentamiento global profundiza la escasez de recursos naturales. El Gran Juego actual es más complejo y peligroso que el anterior.

El más grande de los nuevos jugadores es China, y es ahí donde el patrón emergente es más claro. Las autoridades chinas apostaron todo al crecimiento económico. Sin un aumento del nivel de vida habría un malestar generalizado, lo que podría plantear una amenaza a su poder. Por otra parte, China se encuentra en medio del desplazamiento del campo a la ciudad más grande y rápido de la historia, y es un proceso que no puede detenerse. No hay una alternativa a la continuación del crecimiento, pero éste tiene efectos colaterales graves.

Estamos ante un círculo vicioso, y no sólo en China. Como el crecimiento exige una enorme cantidad de energía y minerales, las empresas chinas recorren el mundo en busca de suministros. El resultado es un vertiginoso aumento de la demanda de recursos finitos. Si bien las reservas de petróleo no están tocando fondo, los días en que el petróleo convencional era barato quedaron atrás para siempre. Los países reaccionan tratando de asegurarse las reservas restantes, entre ellos los que se ven afectados por el cambio climático. Canadá construye bases para hacer frente a los reclamos rusos sobre un casquete polar ártico que se funde, partes del cual también reclaman Noruega, Dinamarca y los Estados Unidos. Gran Bretaña enfrenta reclamos en zonas alrededor del Polo Sur. La lucha por la energía informa muchos de los conflictos que pueden tener lugar.

El peligro no es sólo otra conmoción petrolera que afecte la producción industrial, sino una hambruna. Al no haber una fluida provisión de petróleo para los establecimientos rurales mecanizados, muchas de las góndolas de los supermercados quedarán vacías. Lejos de estar abandonando la dependencia del petróleo, el mundo es mucho más adicto al mismo que antes. No es extraño que los países poderosos se preparen para asegurarse su cuota.

Los países occidentales dominaron la última ronda del gran juego, pero esta vez dependen de los productores de petróleo porque necesitan combustible para seguir jugando. Los países productores, por su parte, se muestran cada vez más seguros. El desprecio de Putin por la opinión mundial podrá irritar a los europeos, pero Europa depende de la energía rusa. Chávez podrá ser objeto del odio de George Bush, pero Venezuela sigue proveyendo alrededor del 10% del petróleo que importan los Estados Unidos. El presidente Ahmadinejad podrá ser la encarnación del mal, pero en momentos en que el barril de petróleo cuesta más de cien dólares todo intento occidental de derrocarlo constituiría un riesgo aterrador.

El poder occidental declina y las potencias emergentes están en conflicto entre sí. China e India rivalizan por el petróleo y el gas natural de Asia central. Taiwán, Vietnam, Malasia e Indonesia se enfrentaron por las reservas submarinas de petróleo del Mar del Sur de China. Arabia Saudita e Irán rivalizan en el Golfo, mientras que Irán y Turquía tienen los ojos puestos en Irak. Una mayor cooperación internacional puede parecer la solución más obvia, pero la realidad es que, a medida que aumenta la competencia por los recursos, el mundo se fragmenta y se divide cada vez más.

Estamos muy lejos del mundo fantástico de hace apenas diez años, cuando los gurúes de moda hablaban de la economía del conocimiento. En realidad, la economía del conocimiento era una ilusión que habían creado el petróleo y el dinero baratos, y los booms siempre terminan en llanto. No es el fin del mundo ni del capitalismo global, sino la misma historia de siempre.

Lo que es diferente esta vez es el cambio climático. El aumento del nivel del mar reduce la provisión de alimentos y agua dulce. El calentamiento global amenaza la provisión de energía, mientras que las represas hidroeléctricas y las plataformas petrolíferas son cada vez menos seguras. En esta ronda del Gran Juego, la escasez de energía y el calentamiento global se refuerzan mutuamente. El resultado sólo puede ser un creciente riesgo de conflicto. En el mundo había unos 1.650 millones de personas cuando se jugó la última ronda. A principios del siglo XXI hay cuatro veces más, y luchan por asegurarse un futuro en un mundo que el cambio climático hace irreconocible. Sería inteligente tomar recaudos para algunas otras rimas de la historia.

 


Fuente:  Clarín

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