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El previsible déficit energético
07/01/2011
Han quedado a la vista las consecuencias de una política equivocada y limitada a motivaciones de corto plazo. El actual panorama energético de la Argentina confirma que de políticas equivocadas sólo pueden esperarse consecuencias inevitablemente malas.

El consumo global de energía ha superado la producción nacional y nuestro país se ha convertido en deficitario y en importador creciente. Los gasoductos que hasta hace menos de una década llevaban gas natural a Chile hoy son instalaciones vacías y, paradójicamente, podría llegar a ocurrir que fueran utilizados para importar gas licuado originado en terceros países y gasificado en puerto chileno.

El mantenimiento por tiempo prolongado de muy bajos precios internos para el petróleo y el gas desalentó las inversiones en exploración y desarrollo en los yacimientos y provocó la declinación de la producción local.

La generación de energía eléctrica sufrió un proceso similar. La década del noventa se caracterizó por importantes inversiones que permitieron no sólo revertir una situación deficitaria anterior, sino también crear una reserva superior a los estándares usuales. El congelamiento de las tarifas luego de la devaluación de 2002 afectó la ecuación económica en toda la cadena del sector eléctrico. Dejó de haber rentabilidad para invertir en nueva generación, así como en transmisión y distribución. Los contratos de concesión fueron unilateralmente incumplidos por el Gobierno, que alegó una situación de emergencia económica y social que inexplicablemente se prolongó durante años hasta nuestros días.

Los subsidios otorgados a los concesionarios no resolvieron ni los desequilibrios ni el desaliento a las inversiones debido al enorme riesgo de depender de decisiones oficiales discrecionales.

Con el tiempo y el crecimiento del consumo, el exceso de reservas desapareció y se hicieron inferiores a las aconsejables. Las últimas centrales eléctricas fueron construidas por el Estado, aplicando fondos adeudados a los proveedores energéticos. La elección de sus características técnicas y localizaciones respondió a urgencias y disponibilidades más que a una planificación de largo plazo, de la que se carece. Es así como se construyen centrales térmicas orientadas al uso del gas, del que se carecerá, o como se encaran proyectos hidroeléctricos como los del río Santa Cruz, de insuficiente rentabilidad y nula prioridad.

En el área de la distribución de electricidad, las empresas con concesiones derivadas de la ex Segba han sido las más castigadas por los retrasos tarifarios. Hoy están enfrentadas al gobierno nacional, quien les adjudica toda la culpa por los recientes y anteriores cortes del suministro eléctrico. Se las sanciona con multas sin tener en cuenta los previos y actuales incumplimientos del Estado.

Dentro del cuadro de crisis, resulta evidente que los consumidores de energía eléctrica, gas y combustibles exacerbaron su demanda durante estos años debido a los precios irrisoriamente bajos y, en algunos casos, a tarifas congeladas durante casi una década.

Se ha configurado, de esta manera, la situación descripta en el capítulo inicial de cualquier tratado de economía. Cuando un precio se mantiene artificialmente bajo, tarde o temprano la demanda supera la oferta y se configura la escasez. Si el producto es susceptible de ser importado, como es el caso de los combustibles, el faltante puede cubrirse de esa forma, pero la importación debe realizarse a precios internacionales, y si no se quiere que éstos rijan en el mercado interno, el Estado debe hacerse cargo de la diferencia. Si por tratarse de un servicio que no es posible importar, como es el caso de la distribución de energía eléctrica y, en buena medida, también de la generación, aparecen los cortes y racionamientos forzados.

Están a la vista las consecuencias de una política energética limitada a motivaciones de corto plazo y equivocada en la forma de pretender evitar impactos sociales. Las prevenciones oportunamente hechas públicas por numerosos especialistas, incluidos los ex secretarios de Energía, no fueron escuchadas e incluso desde el Gobierno fueron tachadas de malintencionadas o meramente agoreras. Hoy se comprueba que había razón en las críticas y que, por no haberse corregido los errores en su momento, se requerirán esfuerzo y tiempos mayores para reparar el daño. Mientras tanto, continuarán las dificultades de suministro y habrá un gasto de divisas para importar lo que hubiera podido producirse en el país con todas las ventajas que ello hubiera implicado.

 

 

 

 

Fuente: La Nación

 

 

 

 

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