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Vivir en pleno siglo 21 sin luz
14/11/2010
Pese a la falta de energía, en Trojas de Cataca (Magdalena, Colombia) hay 30 neveras en apenas 25 casas. Trojas de Cataca es quizás el pueblo de Colombia, y tal vez del mundo, con la mayor cantidad de neveras en proporción al número de viviendas. Según el inspector Nolberto Ariza, hay 30 neveras en las 25 casas existentes en Bocas de Aracataca, el verdadero nombre del corregimiento perteneciente a Pueblo Viejo. Lo extraño es que este pueblo de pescadores, ubicado en el costado izquierdo de la Ciénaga Grande de Santa Marta, nunca ha tenido energía eléctrica.

Desde Ciénaga, la segunda ciudad del departamento, se llega aquí tras navegar una hora y 22 minutos en ese cuerpo de agua de 4280 kilómetros cuadrados, en medio de millares de patos y con la única vista de tierra firme de la imponente Sierra Nevada de Santa Marta.

Según Rafael Moreno, el historiador del pueblo, quien vive en Ciénaga, Trojas de Cataca fue fundada a orillas del río Aracataca, en su desembocadura en la Ciénaga Grande de Santa Marta, por los pescadores José Pomares Cervantes y Juan Antonio Chamorro, el 3 de septiembre de 1797.

Aquí, el tiempo retrocede por lo menos 60 años. Las neveras están tiradas en el piso de madera de una de las cinco construcciones palafíticas. "Son unos cascarones que compramos en Barranquilla y en Ciénaga. Y de verdad que nos sirven para conservar el pescado", asegura Antonio Guerra, curtido pescador.

Isidoro Moreno, pescador también, nos muestra una de color blanco, de 12 pies. La parte interior está recubierta con un plástico grueso "para aprovechar el frío". Dos macabíes aparecen en el fondo, rodeados de varios trozos de hielo. "En una jornada buena de pesca en la Ciénaga llenamos la nevera y con el hielo conservamos los pescados hasta llevarlos a Tasajeras para venderlos. Pero lo que conseguimos, unos 150 mil pesos, no nos alcanza. Un bloque de hielo cuesta 30 mil y apenas dura 3 ó 4 días, y tenemos que meter el gasto de la gasolina, que son 20 mil pesos. A toda hora estamos fiando", dice.

A falta de energía, los habitantes de Cataca se acostumbraron a vivir sin luz y desconectados del mundo. Pero no desean lo mismo para sus hijos. Por eso, Aljadis Moreno Pertuz compró el año pasado una planta eléctrica usada por 425 mil pesos y, de este modo, provee a sus tres hijos y a su esposa de entretenimiento e información mediante un televisor de imagen desvaída, sin parlantes, marca Crown, de 21 pulgadas. Su hijo compró un radio de baterías, marca Sonivox, que sintoniza canales de televisión y ha sido el complemento en las últimas semanas.

Así, la familia se distrae, cuando hay gasolina para la planta, cuatro horas al día, viendo partidos de fútbol, noticieros o las novelas. "La última novela que vi fue Oye bonita", dice Evelis Samper, esposa de Moreno, mientras alista la ropa, con una plancha eléctrica dañada, que previamente calentó en el fogón de leña.

 

La tienda del Alcides

El epicentro de Trojas de Cataca es La Surtidora, la única tienda de la población: 36 metros cuadrados, con piso de tierra. Su propietario y fundador, Alcides González, también tiene una planta eléctrica que prende a cualquier hora y conecta a un viejo equipo de sonido para alegrar a los habitantes, especialmente en fines de semana. El pueblo se entera de inmediato porque escucha la música que salen por tres bafles de casi metro y medio de alto.

Algunas jóvenes llegan para bailar un vallenato de Farid Ortiz y otras lo hacen para conectar sus celulares al cable eléctrico que provee de luz a la tienda.

Al único tomacorriente, Alcides conecta una extensión, y de ahí se alimentan un televisor, para ver los partidos de fútbol, y un micrófono con el que felicita a los que cumplen años y hace llamados de servicio social. "Antes vendía 'frías' (cervezas), que metía en una nevera y conservaba heladas con hielo que compraba. Pero salía costoso. Ahora vendo licor", dice González.

Alcides, que vive solo con tres gallinas y un perro, también cuenta con una planta solar, que compró de segunda hace tres años. La carga durante el día y después de que cierra la tienda se instala a ver televisión seis horas.

 

Cuando todo cambió

La historia de Trojas de Cataca quedó partida en dos la madrugada del 11 de febrero de 2000, cuando, tras un recorrido de sangre y muerte por la Ciénaga Grande, paramilitares encerraron en la Inspección de Policía ('La oficina', le dicen) a cuatro pescadores y, tras acusarlos de auxiliadores de la guerrilla, los asesinaron.

"Yo vendía gasolina en aquel tiempo y me salvé al esconderme entre el monte", dice el hoy inspector Ariza, de 59 años.

"Por aquel entonces -sostiene Rafael Moreno- el pueblo estaba conformado por unas 150 familias". Él es uno de los desplazados que todavía hoy no han regresado al corregimiento. Dice que lucha por vivienda para los pescadores y energía eléctrica y asegura que los otros pueblos palafíticos de la Ciénaga, como Nueva Venecia y Buenavista, recibieron la energía eléctrica gracias a una petición suya, en septiembre de 1996 al presidente Ernesto Samper.

De hecho, en Trojas de Cataca alcanzaron a poner 110 postes, de los cuales aún están en pie unos 50, en mal estado, pero jamás llegó la energía porque la plata se perdió de manera misteriosa.

Con la masacre, cuando todo el mundo salió aterrorizado, gentes de otros lados se llevaron los cables, cañuelas y los demás materiales eléctricos. "Hemos recurrido a todos los entes departamentales y nacionales para gestionar viviendas y energía eléctrica, pero hasta ahora ha sido imposible. En la Gobernación del Magdalena nos dicen que se necesita mucha plata para llevar la energía a tan poca gente (vale 15.000 millones de pesos, según dijo el gobernador Omar Díazgranados a EL TIEMPO). Pero nadie, por más que pase trabajo en Ciénaga o en Tasajera, va a regresar a la oscuridad", remata Moreno.

Trojas de Cataca está sumido en la pobreza y anegado por el invierno. Los pescadores se quejan de que hombres adinerados, con propiedades cercanas, desean dragar la desembocadura del río, pero el Ministerio del Medio Ambiente lo impide.

Las clases se suspendieron desde mediados de octubre y los niños barrigones y sin pantalones del grado kinder, caminan las calles con el agua hasta el ombligo.

Adelina Herrera, la profesora que imparte clases a unos 20 niños de lunes a sábado, no va por estos días al comedor escolar, habilitado como colegio desde hace tres años ante el deterioro de la edificación.

A la derecha del abandonado colegio está la Iglesia, utilizada una vez en la última década. A la izquierda, el Puesto de Salud, que lleva más de seis años sin prestar servicio.

Mayerlis, agraciada joven de 16 años que acostumbra bailar los sábados en La Surtidora, está feliz porque irá a casa de una hermana en Ciénaga, a la que no visita hace tres meses. Como si se preparara para un acontecimiento extraordinario, mientras la canoa motorizada avanza por sobre las aguas, se saborea contándonos que ese día no se dormirá a las 6 de la tarde: "Esta noche iré al parque a disfrutar de juegos y a comer una paleta y, cuando llegue a casa, veré televisión hasta cuando me agarre el sueño".

 

 

 

Fuente: El Tiempo

 

 

 

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