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El negocio de la energía atómica
25/11/2009
El tema nuclear tuvo en su inicio un contenido militar: la fabricación de la bomba. Esa fue la carrera desesperada que trabaron la ex URSS y EE.UU. en los albores de los años 50, época en que se desarrolló el complejo militar-industrial norteamericano y se entró en la Guerra Fría. Dos décadas después, un país que no estaba en el área "socialista" y que se caracterizaba por ser una nación subdesarrollada entraba en la era atómica: la India.

Para entonces, otras naciones ya habían recorrido parte del camino nuclear y este podía bifurcarse en dos direcciones: una, la del uso pacífico y otra, la del militar. En América del Sur, Argentina y Brasil tuvieron el dominio de la tecnología tempranamente. Pero un acuerdo de 1986, entre Raúl Alfonsín y José Sarney, permitió un sistema de inspecciones mutuas que daba garantías respecto al uso pacífico. Tal vez esto ayudó a que tanto argentinos como brasileños pudieran continuar con sus respectivos programas, aún cuando Argentina tuvo que abandonar el proyecto de reprocesamiento de plutonio a partir de los elementos combustibles quemados en las centrales termoeléctricas de Atucha I y Embalse. Las instalaciones de Ezeiza fueron cerradas por presión de Estados Unidos en 1991. Irán llega relativamente atrasado a su decisión de dominar el famoso "ciclo de combustible" que significa ni más ni menos que dominar la fabricación de los elementos insertados en el interior de los reactores de las centrales. En ellos, las reacciones en cadena liberan calor, calientan agua, producen vapor y mueven turbinas, cuya energía mecánica se transforma en eléctrica.

Irán quiere recuperarse ahora de esa tardanza. Tiene en su defensa las mismas razones que movieron el desarrollo atómico en Argentina y Brasil. Quién logra dominar el ciclo de combustible (la fabricación integral) es capaz, también, de ser soberano en la elección del tipo de reactor que equipará sus centrales. Ambas cosas están unidas. Y como es un negocio la venta de usinas y del material combustible, las grandes potencias pretenden con frecuencia cortar las alas de sus futuros competidores.

 

 

 

Fuente: Clarín

 

 

 

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