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Calentamiento global: No hay acuerdo entre las potencias
20/10/2009
A 50 días de una Cumbre clave en Copenhague, nadie quiere ceder.

No hay ruido. La mayoría de la gente anda en bicicleta. Si, por casualidad, alguien no tiene una bici propia la puede alquilar en cualquier estación de subtes por 20 pesos y por el tiempo que la necesite. No hay edificios muy altos. En todo el horizonte se pueden ver molinos de viento que son los que generan el 20% del total de la energía del país. Los canales adonde llegaban los barcos traficantes del siglo XVI mantienen el agua tan transparente que se pueden ver las algas del fondo. Todos los ómnibus son eléctricos. Copenhague es el Planeta Verde. El lugar perfecto para discutir y firmar un acuerdo para terminar con las emisiones de gases contaminantes que provocan el calentamiento global y ponen en peligro al planeta. Y también el lugar en que todo se puede dar para crear la "tormenta perfecta" con la que nos quedemos sin ese acuerdo que necesita imperiosamente la Humanidad para asegurarse un futuro.

Visto desde Dinamarca, en este momento, se están dando todas las condiciones como para que no haya un Protocolo de Copenhague que termine con las emisiones de dióxido de carbono, CO2, el gas producido por la quema de combustibles fósiles como el petróleo y que es el principal causante del efecto invernadero.

El plan es que los representantes de 190 naciones (aún se discute si vendrán los principales líderes del mundo o sólo sus ministros de Medio Ambiente) se reúnan aquí en el Centro Bella de la capital danesa entre el 7 y el 18 de diciembre para renovar el denominado Protocolo de Kioto que recorte las emisiones de CO2 para el 2050 con el objetivo de mantener la suba de la temperatura global en menos de dos grados que era el nivel anterior a la Era Industrial. Se suponía que a esta altura, a 50 días de la conferencia, ya se habría llegado a acuerdos básicos. Pero se permanece en la etapa en la que los políticos se echan la culpa unos a otros. Muchos acusan a Estados Unidos de no estar haciendo lo suficiente como para llegar con una ley aprobada por el congreso en Washington. Otros creen que son China y la India las que están dando vueltas. Y ninguno se pone de acuerdo sobre cómo producir el dinero que se necesita para que los países en desarrollo puedan reconvertir sus industrias.

La Administración Obama logró pasar por un escaso margen en la Cámara de Representantes una ley denominada de "cap-and-trade" por la que se recortan las emisiones en un 17% para el 2020 con respecto a los niveles del 2005. El Senado aún no tiene fecha para tratar el tema y lo más probable es que no lo haga hasta el primer trimestre del 2010. Esto deja a Obama con las manos atadas y en busca de un Plan B. Es probable que vaya a Copenhague con la promesa de que firmará el protocolo recién en otra cumbre de cambio climático que se realizará en Bonn en junio del año próximo o en una de la ONU de diciembre del 2010.

Esto deja a los europeos, Canadá y Japón muy mal parados. Estos países ya prometieron reducir sus emisiones entre un 20% y un 40% si hay un acuerdo global. China quiere que el acuerdo contemple la contaminación per cápita. De esa manera, si bien es el segundo país más contaminante detrás de Estados Unidos, al dividirlo por 1.300 millones de habitantes, pasa a ser uno de los que menos contamina. Brasil e Indonesia son los que lanzan mayor cantidad de carbono a la atmósfera a causa de la tala y quema de sus bosques y selvas. Dicen estar dispuestos a no cortar ni una hoja más si se los compensa con créditos blandos para subsidiar a sus ganaderos e industriales. La India asegura que llegará a la cumbre con una batería de leyes aprobadas para detener las emisiones. "Para nosotros es crucial. Estamos padeciendo enormes problemas por los cambios en las lluvias del Monsoon, el derretimiento de los glaciares de los Himalayas y el incremento en el nivel del mar. Si no detenemos esto, no tenemos futuro como Nación", comentó a Clarín el ministro de Medio Ambiente indio, Jairam Armes durante la conferencia previa del fin de semana pasado aquí en la capital danesa.

El punto más ríspido de las negociaciones es cómo financiar el recorte de seis mil millones de toneladas de dióxido de carbono para el 2020 y otras 20 gigatoneladas para el 2050. El denominado Grupo del Consenso de Copenhague pidió a cinco de los economistas más destacados del mundo, incluidos tres premios Nobel, que recomendara la mejor solución. Su conclusión fue que ninguna de las dos opciones que están hoy sobre la mesa son buenas. La primera, de "cap-and-trade", congela las emisiones de todos los países y se les asigna una cuota de contaminación. Si alguno de esos países logra bajar esa cuota, podría canjear lo que le sobre con otro país que lo necesite. De esta manera se crearía un mercado de bonos que le pondrían un precio a la tonelada de dióxido de carbono (el Nobel, Joseph Stiglitz, habló acá de unos 80 dólares la tonelada; otros dijeron que no alcanzaría los 25 o 30 dólares).

La otra propuesta es la de implantar directamente un impuesto universal a la emisión de contaminantes y con ese fondo financiar la reconversión de los países en desarrollo. El panel de expertos asegura que con estas "soluciones" se podría perder el 12,9% del PBI mundial o 40 trillones de dólares en los próximos 60 años. La solución para ellos está en el desarrollo de tecnologías renovables como la de la reflexión de la luz solar a través de enormes paneles dispersados por los océanos para disminuir el efecto de los gases en la atmósfera; o hasta bombardear las nubes con ciertos químicos que terminarían con el dióxido de carbono. Más ciencia y más tecnología para salvarnos.

Vista desde la antiquísima torre de la iglesia del Salvador, en el barrio de Christianshavn, Copenhague aparece más radiante aún que desde la calle. Las nubes oscuras que vienen del Báltico sólo embellecen. El marco es perfecto para un acuerdo que nos salve de terribles catástrofes. El problema es el hombre. Desde allí arriba, en la torre babélica, o desde abajo, entre los canales frente a la espléndida Bolsa de Comercio del siglo XVI, el hombre sigue viéndose pequeño y mezquino.

 

 

 

Fuente: Clarín

 

 

 

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