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Una ilusión llamada biodiesel
17/08/2009
La caída de la cosecha de soja y la crisis mundial derrumbaron el negocio de las cerealeras, que para salvarse buscan que De Vido las ayude.

El futuro nunca llegó y el biodiesel amenaza transformarse en una especie de esperanto –aquel idioma creado en 1887 por el médico polaco Lázaro Zamenhof con la ilusión de ser universal y que resultó un fiasco– para el sector agroindustrial, que invirtió en los últimos tres años –según datos de la Cámara Argentina de Biocombustibles– más de 500 millones de dólares para desarrollar en la zona del Gran Rosario un combustible vegetal en base a soja, destinado a la exportación.

El colapso financiero internacional provocó no sólo el estallido de las bolsas, incrementó el desempleo y puso en aprietos a las principales potencias del mundo, que ahora decidieron imponer barreras arancelarias para resguardar la industria de biocombustibles, y también despejaron del tope de la agenda los problemas ambientales, que sólo parecen tener una importancia de peso en épocas de bonanza económica. Y en eso este negocio jugaba una carta poderosa.

En medio de este escenario sombrío apareció una luz en el camino para la industria aceitera, en cuyas plantas se produce biodiesel. La encendió el gobierno nacional. Ante la caída de las exportaciones de este combustible vegetal, el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, y el secretario de Energía, Daniel Cameron, decidieron apurar el corte obligatorio de biodiesel (será de un cinco por ciento) en los combustibles de consumo masivo. Aunque todavía faltan reglamentaciones, fuentes del sector confirmaron que la decisión está tomada. Pero además de la caída del mercado externo, las aceiteras que producen biodiesel enfrentan otro problema: la baja de la cosecha de soja, materia prima de este combustible vegetal.

Cosecha flaca, frontera cerrada. Según estimaciones de la Bolsa de Comercio de Rosario, este año la cosecha de soja fue de 31,9 millones de toneladas, 31% menos que la campaña anterior. A esto se suma, que el complejo agroexportador, donde se montó la industria de biodiesel, dejó de importar soja de Paraguay y Bolivia, ya que el gobierno nacional suspendió el régimen de importación temporaria. Por eso Cargill está construyendo un puerto en Asunción. Con ese régimen, los granos que venían de esas naciones pagaban un porcentaje ínfimo de retención (alrededor del 5 por ciento). El año pasado, Argentina compró a estos dos países unos 4 millones de toneladas, que usó para completar la capacidad de procesamiento que posee el polo oleaginoso, que alcanzó los 50 millones de toneladas.

Con una cosecha menor, y sin soja importada, los granos disponibles se van destinar para convertirlos en aceites y harinas. Habrá muy poca materia prima para destinarla a la industria de biodiesel.

Crisis y petróleo barato

Claudio Molina, director de la Asociación Argentina de Biocombustibles (AAB), delineó el complejo escenario en el que se encuentra este eslabón de la industria aceitera. “La recesión redujo la demanda de diesel y, al mismo tiempo, el menor precio del petróleo y sus derivados, quitó competitividad al biodiesel para atender el segmento de mercado voluntario”.

Molina estimó que “lo que fue más significativo aún es el problema que generó la persistencia del subsidio a las exportaciones de biodiesel norteamericano. Este producto se conoce en el mercado como B99 (mezcla de 99,9 % de biodiesel con un 0,1 % de diesel mineral) y llegaba a Europa a precios muy bajos, a tal punto que en Rotterdam actualmente cotiza el biodiesel de soja por debajo del aceite crudo de esta oleginosa”.

A la par de estos mecanismos de salvaguarda que surgieron en Europa, en Argentina las aceiteras presionan para que el gobierno baje las retenciones que aplica a la exportación de este combustible vegetal. Por medio de la resolución 126/08, el Ministerio de Economía elevó los derechos de exportación del biodiesel del 5 al 20 por ciento. Estos cambios surgieron después de que el entonces ministro de Economía, Martín Lousteau, firmara la conflictiva resolución 125. La que firmó después fue la 126, que estableció las nuevas reglas para el biodiesel. Lo que especulaban en el gobierno era que las aceiteras iban a hacer una trampita, que algunas fuentes del sector creen que siguen practicando: hacer pasar como exportación de biodiesel lo que en realidad es aceite de soja. La retención es un 15 por ciento menos.

Mercado interno, al tacho

Una de las alternativas que comenzaron a barajarse cuando estalló el boom del biodiesel fue el autoconsumo. A la par del millonario negocio que montaron las principales multinacionales del sector aceitero, el desarrollo de esta idea aparecía como una opción muy atractiva para los pequeños y medianos productores. Federación Agraria Argentina inició en 2003 un proyecto que se denominó Bio-FAA, que estaba conducido por Marcelo Rasetto. La idea apuntaba a que el productor podía generar su propio combustible destinando el 10 por ciento de su tierra al cultivo de colza, la materia prima de este tipo de combustible vegetal. A esto se tenía que agregar una inversión muy pequeña para montar la planta que elaboraba el biodiesel, que podían financiar en conjunto productores de una determinada zona. En 2007, un año antes del inicio de la guerra gaucha, FAA inauguró en Salto Grande la primera planta. Pero en 2008 el proyecto quedó en la nada. “Todo se fue al diablo. Estalló el conflicto con el campo, Federación Agraria quedó en una situación financiera complicada. Y no sólo esto, con los precios actuales los productores no tienen capacidad para destinar una porción de su campo a la colza. Todo está cubierto de soja”, señaló Rasetto.

 

 

 

Fuente: Crítica de la Argentina

 

 

 

 

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