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Hay que desenergizar la economía y descarbonizar la energía
31/03/2009
Los proyectos de estímulo a la economía mundial y sobre el futuro energético ofrecen la oportunidad de conciliar las urgencias del presente con los intereses de las generaciones futuras.

Sobre una población mundial de 6600 millones de habitantes todavía hay 1000 millones que viven con menos de un dólar por día. Para reducir la pobreza extrema y mejorar el estándar de vida de mucha gente la economía mundial tiene que resurgir reduciendo la brecha del desarrollo.

Si aspiramos a que todos los habitantes del mundo disfruten de los estándares de vida de los países desarrollados con los actuales patrones de consumo de energía y contaminación ambiental vamos de cabeza a un colapso planetario. Hay que volver a crecer si se quiere erradicar la pobreza y mejorar el nivel de vida de los pueblos, pero hay que transformar el crecimiento en desarrollo sustentable. Los proyectos de estímulo a la economía mundial y las definiciones sobre el futuro paradigma energético ofrecen la oportunidad de conciliar las urgencias del presente con los intereses de las generaciones futuras. Para transformar el crecimiento, que hay que recuperar, en el desarrollo sustentable que imponen las restricciones sociales y ambientales del planeta, hay que desenergizar el producto económico y descarbonizar el consumo energético. Desenergizar la economía y descarbonizar la energía usando el sistema de incentivos (precios e impuestos incluidos) y los nuevos proyectos de inversión pública que reclama la hora.

La tasa de intensidad energética mide la relación entre el consumo de energía y la producción de bienes y servicios. Las economías desarrolladas tienen tasas de intensidad energética menores a la unidad (consumen menos de una unidad de energía para generar una unidad de producto). Las economías en vías de desarrollo, en cambio, por lo general tienen tasas superiores a la unidad. La tasa de intensidad energética media del mundo es de 0.70 y debe converger rápidamente a una tasa de intensidad energética de 0.50 si pretendemos producir más de lo nuevo con menos energía.

El anhídrido carbono es el principal gas de efecto invernadero. Sus emisiones crecieron desde 280 ppm (partículas de C02 por millón de partículas de aire) en el 1800, al comenzar la revolución industrial, hasta 380 ppm en la actualidad. El 81% de estas emisiones tiene origen en el consumo de energía fósil; el otro 19% en la deforestación (ver cuadro). Para evitar que la temperatura media del planeta aumente por encima de parámetros peligrosos (+2,4ºC) produciendo grandes catástrofes, la sociedad mundial debe estabilizar las emisiones de CO2 en 450 ppm al promediar el siglo. Esto impone significativos esfuerzos tendientes a descarbonizar la energía, que en la actualidad depende casi en un 90% de las fuentes primarias fósiles (petróleo, carbón, gas natural).

Las tecnologías disponibles para ‘desenergizar’ y ‘descarbonizar’ son sinérgicas. La eficiencia energética, el secuestro y almacenamiento de los gases de carbono, las energías alternativas, y los nuevos desarrollos en la industria automotriz y en la construcción de viviendas y edificios, constituyen un menú disponible que permite ahorrar consumo, reducir las emisiones y generar producción y puestos de trabajo. Pero para promover el nuevo paradigma energético hay que partir de un sistema de precios que refleje los verdaderos costos económicos (incluidos los costos ambientales). Para eso primero hay que desmantelar subsidios en los precios vigentes en muchos países, e implementar a nivel global un impuesto a la emisión de CO2 para las energías fósiles. La baja en los precios del petróleo facilita la implementación de estas medidas. Complementariamente, hay que negociar un sistema mucho más exigente de licencias de emisión que comprometa a todos los países e incluya la internacionalización del mercado de bonos verdes (KIOTO II). Ya no se puede recuperar el ciclo de vacas gordas ‘haciendo pozos que otros tapan’. La urgencia mundial de reactivar ahora (‘en el futuro estamos todos muertos’), debe ser conciliada con la urgencia de preservar condiciones de vida para los que estén vivos después de nosotros. Keynesianismo siglo XXI.

 

 

Por: Gustavo Montamat

Fuente: El Cronista

 

 

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