Antigüedad eléctrica
La electrocución: Historia de la silla eléctrica

Hace poco más de cien años la palabra electrocución no existía. Se puede deducir que la palabra nació con la electricidad pero no es tan así pues electrocución es la combinación de dos términos: electro y ejecución. ¿Cómo se llegaron a unir la electricidad y la pena capital? Una fuerte disputa comercial, dos inventores que se ganaron un lugar en la historia del progreso humano, millones y millones de dólares en juego, un pobre obrero que se quedó pegado a un generador eléctrico, un dentista sorprendido por la terrible escena y un saltimbanqui que andaba quemando patos, vacas, caballos y orangutanes por todos los Estados Unidos hace más de 100 años, tienen la respuesta. Son estas las circunstancias y estos los protagonistas del nacimiento de la silla eléctrica.
Hubo quien pensó que haría un aporte a la Humanidad propiciando un tipo de eliminación física del ser humano que causase menos suplicio que los que se conocían hasta ese momento, como la decapitación o la horca. Pero la silla no fue un mandato del corazón misericordioso sino del bolsillo.

El prisionero es atado a la silla eléctrica colocándole un electrodo en la cabeza y otro en la pierna izquierda, puntos entre los cuales discurrirá la electricidad atravesando el cuerpo del reo. La aplicación de la electricidad se suele hacer en dos fases. Primero se aplica un voltaje de aproximadamente 2000 V con el propósito de vencer la resistencia eléctrica de la piel, descarga que, se supone, deja inconsciente al reo. Una vez conseguido el paso de la corriente el voltaje se desciende, para evitar la combustión del cuerpo, hasta una intensidad de aproximadamente 8 A a pesar de lo cual es habitual un calentamiento hasta los 59 ºC lo que provoca severos daños en órganos internos.

Thomas Alva Edison bien pudo conformarse con el invento del fonógrafo y también, en 1879, con el de la primitiva lamparita eléctrica con filamento de carbono, que mantuvo encendida durante dos días en Nueva York. El también inventor, ingeniero e industrial George Westinghouse pudo haberse contentado con el freno de aire comprimido para los ferrocarriles que le había dado una fortuna en 1869, o con su sistema
de tuberías para conducir gas natural en condiciones seguras a las casas (había inventado de paso el medidor de gas).
Pero no. Los dos eran indomables hombres de negocios. Edison quería dotar a las ciudades de EE.UU. de corriente eléctrica continua, de baja tensión, conducida por cables subterráneos. Westinghouse, gracias a la contratación del ingeniero Nikola Tesla, era partidario de la corriente alterna de alta tensión y conducida por cables aéreos (sistema inventado por Tesla). Luego, le compró a Lucien Gaulard y John C. Gibbs la patente del transformador para elevar o reducir voltajes de ese tipo de corriente.

Mucho en juego

Pero lo que estaba en juego, en realidad, era nada menos que el tendido y suministro eléctrico de las nuevas y grandes ciudades de los Estados Unidos.
La diferencia de la corriente alterna con la corriente continua, es que la continua circula sólo en un sentido y la otra (como su nombre lo indica) circula durante un tiempo en un sentido y después en sentido opuesto, volviéndose a repetir el mismo proceso en forma constante.
Pues bien, en 1881 el dentista Albert Southwick estaba caminando por una calle en la ciudad de Buffalo, al norte del estado de Nueva York, cuando vio a un obrero tocar las terminales de un generador eléctrico. El pobre quedó carbonizado.

Sorprendido por la rapidez del desenlace el dentista pensó inmediatamente que la víctima no había sufrido nada. No tuvo mejor idea, dadas las consecuencias futuras, que comentarle el episodio a un amigo, el senador David McMillan, que a su vez le relató la anécdota al gobernador de Nueva York, David B. Hill, justo cuando el gobernador estaba pensando en un método distinto al de la horca como forma de ejecución
debido a que cada vez recibía más críticas por el sistema de la soga al cuello. Hill pidió entonces a la Legislatura que tomara en cuenta la electricidad para reemplazar a la horca. Como en todo organismo
burocrático se tardó cuatro años en conformar una comisión en el Congreso estatal para discutir la cuestión.
Mientras, la anécdota y lo que había provocado en el más alto nivel del gobierno del Estado disparó los reflejos de Edison con la velocidad de la luz de sus lamparitas. El generador que había tocado el obrero era de corriente alterna, de los usados por la firma Westinghouse. Era mejor aún. El obrero trabajaba para Westinghouse.
Entonces Edison y sus hombres comenzaron a propalar que, obviamente, la corriente de su contrincante era muy peligrosa.
¿Quién querría que un elemento de semejante poder destructivo fuese de uso urbano y doméstico? Obviamente, la electricidad que debía llegar a las casas de los estadounidenses era la suya, segura, confiable.
Quienes se oponían a Edison decían que los dispositivos DC (corriente continua) eran caros y no funcionan a una gran distancia de la fuente de corriente, los generadores. La corriente continua podía tener otras aplicaciones pero no dar electricidad a los hogares. Edison redobló la apuesta. Era la hora del show.

Un charlatán

Un tal Harold P. Brown, inventor, electricista, ingeniero y hay quien dice que, mucho más que eso, un gran charlatán, preparó un aparato singular, en forma de pequeña silla y hasta lo patentó. Algunos decían que Edison conoció a Brown de casualidad, al leer en el New York Post una carta de Brown en la que describía la muerte de un chico que había tocado cables eléctricos con corriente alterna. Otros dicen lo contrario: que Brown trabajaba en el equipo de A.E. Kenelly, jefe de investigadores del laboratorio que Edison tenía en Menlo Park, Nueva Jersey.

En 1889 el estado de Nueva York aprobó la silla eléctrica de corriente alterna como nuevo sistema de ejecución. El primer ejecutado con la silla eléctrica fue William Kemmler (prisión de Auburn, 6 de agosto de 1890). La primera mujer fue Martha M. Place (prisión de Sing Sing, 20 de marzo de 1899).

El asunto es que Brown, igual que los pintorescos y embaucadores ambulantes que vendían todo tipo de brebajes que hacían de un viejo un joven, de un pusilánime un valiente y de un tímido debilucho un amante apasionado (además de hacerle crecer el pelo si faltaba), fue de ciudad en ciudad, armando un pequeño escenario en la calle principal del pueblo o en la avenida central de la ciudad y hacía la siguiente demostración: amarraba a esa pequeña silla a un gato y le aplicaba la corriente alterna de Westinghouse.
Este tipo de demostraciones fue en aumento. Brown frió perros, liebres, caballos, vacas, ponies y hasta un orangután, éste último en la ciudad de Albany.
Edison avaló esos experimentos y se atrevió a hacer personalmente algunos otros. Sus conclusiones fueron claras: la corriente de Westinghouse mataba, la de él, a lo sumo, golpeaba un poco pero era inofensiva.
La prensa estaba encantada con esta pelea y se hacía un festival, sobre todo con las demostraciones de Edison y de Brown. En 1888 el gobernador de Nueva York firmó el decreto que establecía la silla eléctrica como método legal de ejecución de criminales. Y se eligió la corriente alterna. Esto indignó a Westinghouse, quien se negó a prestar sus aparatos para matar delincuentes. No quería que su sistema quedara asociado con la muerte.

Pero en marzo de 1889, el inventor Brown mantuvo una reunión con Austin Lathorpo, superintendente de cárceles de Nueva York para arreglar la instalación de generadores Westinghouse AC (corriente alterna) para las sillas. Como el industrial no quería vendérselos a las prisiones, Edison y Brown, mediante intermediarios, compraron tres, a 8.000 dólares. ¿Qué podía hacer Westinghouse? Comenzó a dar discursos donde apelaba a la conciencia de los ciudadanos para a terminar “con esta ejecución inhumana y antinatural, equivalente a quemar vivo”. Pero no pudo hacer nada. La primera ejecución en la silla fue la de un tal Ernest Chapeleau, un francés nacionalizado estadounidense, en la prisión de Sing Sing en Nueva York. Lo que ocurrió no se sabe a ciencia cierta pero lo seguro es que una falla de alguna naturaleza hizo que Chapeleau saliera de la sala con quemaduras de tercer grado pero vivo. Como su sentencia era ser ejecutado en la silla eléctrica, no insistieron pues no decía “ejecutado hasta morir”.
William Kemmler fue el segundo. Era un verdulero de origen alemán de unos 40 años, sentenciado por matar a hachazos a su amante-novia, la pobre Matilda Tille Ziegler, por celos.

Inapelable

Kemmler apeló alegando que la electrocución en la silla era inconstitucional por tratarse de un método cruel e inusual, casualmente el mismo argumento utilizado en 1972 por la Corte de los Estados Unidos para abolir la pena de muerte, al menos por un tiempo. El propio Westinghouse presentó los argumentos de Kemmler, pero Edison y su lazarillo Brown quisieron ser testigos del Estado para desmentir que se tratase de una pena cruel. En 1890 la Corte quería estar a la altura de los avances tecnológicos y rechazó la apelación.
A Kemmler se le informó que sería ejecutado a las 6 del 6 de agosto de 1890. Aunque parecía nervioso, no perdió el control. Al despertar se vistió con un traje que habían escogido para él.
Caminó resueltamente hacia la cámara de la muerte. Le preguntaron si tenía algo que decir. Dijo: “Bien, caballeros, les deseo a todos buena suerte en este mundo. Y pienso que voy a un buen lugar y los papeles han estado diciendo muchas cosas que no han sido”.
El mismo Kemmler se desabrochó el traje y se sometió a la preparación de la que se encargó el ayudante del verdugo. Este, un tal Durston, cortó el pantalón a la altura de la rodillas y fijó un electrodo sobre la pierna. Las manos del guardia se sacudieron abrochando las correas que asegurarían a Kemmler a la silla.
Un electrodo, con la forma de una tapa de metal conteniendo una esponja, fue conectado a la cabeza. Otro fue conectado a su espina dorsal, para proporcionar un sendero claro por el cuerpo para la corriente. Los electrodos se humedecieron con una solución salina. Todos estaban nerviosos, desde el director de la cárcel hasta el capellán. Kemmler, que se daba cuenta de esto, les pidió tranquilidad. “Todo va bien” , los
calmó. Se arrellanó en la silla asegurándose de que su espalda cayera exactamente sobre el hilo mortal, y con voz sonora advirtió: “Estoy dispuesto”. Pero luego cambió de idea e hizo señas de que quería hablar. Expresó su deseo de que comprobasen por última vez los electrodos.

A pesar de su presunta mayor efectividad respecto a la horca, desde los primeros momentos su utilización estuvo envuelta en polémica, debido a varias situaciones en las cuales las víctimas no murieron instantáneamente y tuvieron que ser sometidas a múltiples descargas eléctricas

En otro cuarto, el generador Westinghouse aumentaba el voltaje. Las lámparas en su panel de control se iluminaron, indicando que habían alcanzado 700 voltios (antes, se había determinado experimentalmente que era el voltaje óptimo para matar a un ser humano). Edwin Davis accionó el interruptor que permitió a
la corriente fluir hacia la silla. La electricidad corrió por el cuerpo de William Kemmler por 17 segundos. Se convulsionó contra las correas y su rostro se volvió rojo brillante. Un idiota que estaba presente dijo, exaltado: “¡Vivimos en una mejor civilización a partir de este día!”.

Su impertinente parlamento quedó ahogado frente al grito del médico que fue a examinar al verdulero: “¡Está vivo! ¡La corriente, pronto!”. Los funcionarios dieron apresuradamente la orden de conectar de nuevo la corriente. El generador estaba apagado y pasó algún tiempo hasta alcanzar el voltaje otra vez. Mientras tanto, Kemmler gimió y luchó para tomar aire. Los testigos estaban horrorizados. Cuándo el generador alcanzó 1.030 voltios la corriente se conectó otra vez a la silla. Esta vez se mantuvo algo más de un minuto.
El humo subió de la cabeza de Kemmler. Había un olor a carne quemada y un curioso sonido crujiente. Cuándo la corriente fue retirada, Kemmler estaba muerto.
La cobertura periodística del hecho fue desde lo sobrio a lo sensacionalista. Algunos informes de periódicos decían que habían salido llamas de la boca de Kemmler. Algunos de los testigos se preocuparon por lo que
vieron y opinaron contra este método de ejecución. Aunque había una protesta pública considerable, no fue suficiente para mover a los legisladores a revocar la ley de electrocución.
Westinghouse comentó después: “Lo hubieran podido haber hecho mejor con un hacha”, más molesto que nunca porque ya se empezaba a decir que los electrocutados eran en realidad Westinghauseados.
Edison parecía cerca de un triunfo espectacular. Pero así como la silla eléctrica funcionó con corriente alterna, la industria de la electricidad eligió la misma, la de Westinghouse, como sistema estándar de electricidad para los hogares estadounidenses. Por más segura y más confiable.

Error Capital

En 1889 el estado de Nueva York aprobó la silla eléctrica de corriente alterna como nuevo sistema de ejecución. El primer ejecutado con la silla eléctrica fue William Kemmler (prisión de Auburn, 6 de agosto de 1890). La primera mujer fue Martha M. Place (prisión de Sing Sing, 20 de marzo de 1899).

"El procedimiento es el siguiente: después de amarrar al preso a una silla construida para ese fin, los verdugos fijan unos electrodos de cobre húmedos a la cabeza y a una pierna del condenado, después de rasurarlas para garantizar un buen contacto entre los electrodos y la piel. A continuación, se aplican fuertes descargas de corriente eléctrica durante breves periodos. La muerte se produce por paro cardiaco y parálisis respiratoria.
"La electrocución produce efectos destructivos visibles al quemarse los órganos internos del cuerpo; al aplicar la corriente, el condenado muchas veces salta hacia delante, tensando las correas que lo sujetan, y en ocasiones defeca, orina o vomita sangre. Todos los testigos presenciales han descrito un olor a carne quemada."

Error capital. La pena de muerte frente a los derechos humanos. Amnistía Internacional. Edai. Madrid, 1999

A pesar de su presunta mayor efectividad respecto a la horca, desde los primeros momentos su utilización estuvo envuelta en polémica, debido a varias situaciones en las cuales las víctimas no murieron instantáneamente y tuvieron que ser sometidas a múltiples descargas eléctricas. No obstante, su utilización se fue extendiendo por los estados de la Unión.
En teoría, la inconsciencia ocurre en una fracción de segundo. Sin embargo, hay informes de víctimas cuyas cabezas ardieron, transformadores quemados, desprendimientos de las correas de sujeción u otros incidentes, con el resultado de ejecuciones temporalmente interrumpidas o largas agonías y padecimientos.
En 1946, cuando las autoridades del estado de Luisiana electrocutaron a Willie Francis, un adolescente de 17 años, éste sobrevivió al primer intento, a pesar de recibir múltiples descargas de la máxima potencia, mientras gritaba: "¡Paren, déjenme respirar!". No le sirvió de nada sobrevivir: pasado un tiempo, se firmó una nueva orden de ejecución y, finalmente, fue ejecutado un año más tarde, después de que la Corte Suprema de Estados Unidos resolvió que esta segunda ejecución no infringiría la Constitución.

Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos anarquistas de origen italiano, fueron ejecutados en la silla eléctrica en Massachusetts el 23 de Agosto de 1927. Estaban acusados de un asesinato cometido en 1920, y su condena estuvo determinada por su militancia y activismo político, en medio de grandes dudas sobre su culpabilidad. Su juicio y la posterior ejecución generaron una gran expectación y protestas en todo el mundo.

"...si no ocurre nada entre el viernes y el lunes, nos electrocutarán el 22 de agosto, inmediatamente después de la media noche (...) con nosotros hay otro joven que se llama Celestino Maderios, al que van a electrocutar al mismo tiempo que a nosotros. Ha estado ya dos veces antes en esa horrible celda de los condenados, que deberían destruir las piquetas del verdadero progreso, esa horrible celda que será para siempre la vergüenza de los ciudadanos de Massachusetts."

A medida que fue avanzando el siglo XX se fue cuestionando cada vez más la utilización de la silla eléctrica. Después de convertirse a principios de siglo en el método de ejecución más utilizado en los Estados Unidos, posteriormente empezó a ser abandonada, sustituida en algunos estados por la cámara de gas y, a mediados de los años 80, por la inyección letal. En el año 2004, sólo se utilizaba en Alabama, Florida, Nebraska, Carolina del Sur, Tennessee y Virginia.

Maqueta de una silla electrica alimentada con una bateria de 9 V.

 

Fuente: Clarín - Wikipedia - Amnesty International

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